La Vie en Rose -a veces el paraíso puede ser el infierno- PDF Imprimir E-mail

LEO ZELADA

Madrid, España

leozelada@yahoo.com

Nació en Lima, Perú, en 1970. Fundador del Grupo Neón. Estudió filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado los libros de poesía: Delirium Tremens (Lima, 1998), Diario de un Cyber-Punk (D.F. México, 2001), Opúsculo de Nosferatu a punto de amanecer (Lima, 2005), La Senda del Dragón (Madrid, 2008); La novela American Death Of Life (Lima, 2005) y la traducción de la Antología Poética del Imperio Inka (Madrid, 2007)...

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Puntuación: / 9 MalaBuena 
09-07-09

 

LA VIE EN ROSE -A VECES EL PARAÍSO PUEDE SER EL INFIERNO-

 

 

La conocí en un recital de poesía en Valladolid. Era de una belleza casi inhumana. Se me acercó diciendo que le gustaba lo que escribía y que también era poeta. Supe entonces que estaba perdido.

 

Tenía cierto temor de ir a "Fachadolid" como irónicamente los progres la llaman. La fama conservadora de esta capital histórica de Castilla me producía resquemor. Empero todos mis temores fueron infundados. La academia Castellana y Leonesa de la Poesía fueron muy amables conmigo. El recital estuvo abarrotado de público desde antes que empezara el evento. Pero lo más importante de todo fue que conocí a Ximena.

 

Nos dimos nuestros correos electrónicos y así empezó nuestra relación. Conversábamos de nuestros poemas y nuestras vidas cotidianas por mail y messenger. Es increíble las cosas que uno podía contarle a una persona que acaba de conocer. Lo cual quizás nunca contaría a un amigo. En pocas palabras en poco tiempo nos convertimos en íntimos.

 

Una tarde todo cambió cuando caminando porla madrileña calle de Fuencarral me llamó inusitadamente por la tarde- siempre hablábamos por las noches- para decirme que se sentía mal. Que había cortado con su novio. Que no sabía qué hacer. No sé por qué le dije que si le apetecía podía ir a verle. En ese momento eran cerca de las 9 de la noche. Ella se mostró sorprendida unos segundos, pero luego me dijo que ya no alcanzaba al bus. El último salía a las 9 y 30. Le dije que si me lo pedía iría. Para mi asombro dijo que sí. En ese mismo momento fui al cajero, me subí al metro apresuradamente y en avenida de América compré mi boleto para irme a Valladolid. Sí, lo sé, soy muy impulsivo a veces.

 

Habíamos quedado en que me iba esperar en la Plaza Mayor. Era medianoche. Estaba con una falda a cuadros lila con blanco, una chaqueta rosa y una boina roja encima de la cabeza. En medio de la plaza desierta con esos faroles alumbrando la plaza - yo apenas conteniendo la respiración- no la lograba ver. Apenas me divisó, se me acercó tímidamente y me dio un cálido abrazo. Para distendernos prometimos no hablar de nada serio y representar una pantomima de que éramos dos poetas que se encontraban por vez primera caminando en una recóndita ciudad medieval. Era una locura pero conectamos al instante.

 

Era estudiante de filosofía y amaba la poesía. Hablamos de Heidegger y Novalis. Tenía en su forma de vestir cierto estilo afrancesado. Siempre recordare aquella primera imagen. La intensa mirada de sus ojos azules y aquellos labios rojos encendidos como resplandecientes fresas del campo.

 

Me contó que había cortado con su novio y que la lectura de mis poemas le habían hecho sentirse bien. Tomamos vodka con naranja que era su bebida preferida. Esa noche nos fuimos de marcha. No podía creer lo que estaba pasando. Fuimos de baile. En España se me ha dado por bailar salsa aunque en mi país como buen rockero la detestara. Los poetas somos así de contradictorios. Quedé fascinado con su garbo. Movía las caderas de una forma que solo le podría denominar como “gracia”. Creo que es la única europea que he conocido que sepa realmente bailar salsa.

 

No sólo era bella, sino que era sensual y elegante. Algo raro en una chica de su edad. Lo que me pareció surrealista es que luego me estuviera leyendo sonetos de Shakespeare en un impecable inglés del siglo XVII o poemas de Rimbaud en francés de fines del siglo XIX. En ese momento si no me arrodillaba para rendirle pleitesía, era porque era un hombre duro y no me permitía semejantes muestra de debilidad.

 

Ya íbamos por la quinta copa y el bar se nos hizo pequeño. Salimos a la calle. En medio del frenesí me subí a la estatua de El Quijote y me puse leer ebrio mis versos. Mientras Ximena me aplaudía con mirada desorbitada. Aquella noche acabamos en una plaza pequeña mientras las palomas revoloteaban en la iglesia gótica y nuestros labios se entrelazaban en un beso con el reflejo de la luna. Fue perfecto.

 

Luego me daría cuenta que era un poco extraña. Me comentó luego que iba todos los días a la estatua de El Quijote a dejarle flores, porque desde aquella noche se había convertido en un lugar sagrado para ella. A través de mi vida me he dado cuenta que soy un irresistible agujero negro que atrae sin cesar a este tipo de mujeres. Quizás ellas puedan intuir y ver detrás de mis lentes redondos, mi retraída locura.

 

Estatua del Quijote en Valladolid
 

 

De regreso a Madrid nos llamábamos todos los días por teléfono. Ella me contaba sus clases en la universidad, su futura novela, sus últimos versos o la pesadilla última que había tenido. Yo paciente como todo enamorado, o sea como un perfecto gillipollas, escuchaba sus interminables monólogos que me mandaban a la quiebra cada vez que veía mi recibo mensual de teléfono. Todos los fines de semana me iba a verla. En realidad me ilusioné mucho porque era mi primer amor en este país. Estaba solo y el hecho que Ximena se haya montado toda una historia romántica literaria sobre lo nuestro me seducía enormemente.

 

Escribíamos poemas al alimón, leíamos versos en las madrugadas en calles solitarias de Valladolid. Nuestra canción favorita era la Vida en Rosa de Edith Piaf.

 

En la conservadora Valladolid era un escándalo cada vez que ella me tomaba de la mano desafiando las convenciones de esa pacata ciudad. Yo era un escritor latinoamericano que le doblaba la edad. Ella era una “niña” de 20 años.

 

Era la hija de un empresario importante. En pocas palabras: era una pija. Lo más gracioso era que no se sentía mal por parecerlo. Sino que se regocijaba en su papel. Le gustaba vestirse como una señorita de la alta sociedad. Y snobistamente iba con su pitillera de cigarros de sabor vainilla, haciendo ademanes estilo actriz de cine de los años 50. Creo que lo hacía para cabrearme. Debo explicar que a veces le encantaba hacerme rabiar. En cualquier conversación que iniciábamos siempre adoptaba la postura contraria a la mía.

 

Algunos momentos eran divertidos. Como entrar a la cafetería más emblemática de la ciudad y conversar con la estatua de Cervantes, vestirla con nuestras ropas que nos íbamos quitando al compás de la música. Obviamente nos terminaban invitándonos a salir del local. Lo cuál me daba ocasión de decir irónicamente mi célebre frase: “De mejores lugares me han botado”. Pero algunas veces era insoportable cuando se ponía a coquetear conmigo delante. En esos momentos tenía ganas de estrangularla lo confieso. Pero lograba mantener las formas como un perfecto caballero sudamericano.

 

Pero las cosas comenzaron a torcerse cuando comenzó a hablar con las estatuas. Decía que estaba enamorada de las estatuas, que le excitaban. Dicho esto se ponía a besarlas o contornearse eróticamente ante el escándalo los transeúntes y mi indignación.

 

Otras veces me hablaba que sentía tener un hijo dentro. Ante lo cuál solo me quedaba atenderla de sus dolores imaginarios. Sin contar con los dibujos que hacia compulsivamente de una mujer extraña estilo Madame Bovary que decía era su reencarnación anterior.

 

Pero una alerta fue cuando en una de esas incontables escenas de celos que me hacía, me vino la crisis que me sucede cada dos años y empecé tirarme en dirección a los carros en contra. No sé qué paso. Pero me dijeron que empecé a vociferar palabras incomprensibles, mientras los autos se desviaban a alta velocidad y yo tenía mis manos extendidas con dirección al cielo. Un amigo poeta que estaba con nosotros me saco de allí. Salvándome la vida. Mientras ella se mostró todo el tiempo con mirada distante y fría. Supe entonces que deseaba verme morir. Me dijo que no intervino porque quería verme convertir en un auténtico poeta maldito.

 

Nuestro amor se volvió adictivo y eso era muy difícil de cortar. Comenzamos a pelear casi a diario. Diciéndonos palabras cada vez más hirientes. Ya no nos soportábamos, pero no podíamos evitar estar juntos. Comencé a dormir con intranquilidad. A veces despertaba y me la hallaba con la mirada desorbitada clavada en mí. Otros momentos la encontraba dando vueltas en círculos sobre la cama. Hasta que una vez desperté de una pesadilla y la encontré con unas tijeras en las manos. Me miraba fijamente. Le pregunté que quería hacer con esas tijeras y me dijo que hacerme un homenaje. Deseaba abrirme el pecho, sacarme el corazón, hacerle un altar y cada vez que saliera la luna llena, rociarlo de lápiz labial y pintarse la boca. En ese momento supe que esto debía acabar.

 

A mi pesar decidí acabar con nuestra relación. Sabía que tarde o temprano me iba cansar de su exagerado egocentrismo y de sus monólogos interminables. Pero en verdad acabe más preocupado por mi integridad física. Ante los demás Ximena mantenía una actitud de chica contenida y sofisticada. Pero la verdad era que estaba loca. Me enteré que había estado un par de años recluida en un psiquiátrico. Lo cual Ximena Omitió decírmelo. Por ello aproveché una pelea en que cortaba conmigo para inteligentemente darle la razón y decirle que lo nuestro no podía durar más y que era mejor dejarlo y quedar como amigos. La vieja trampa de quedar como amigos.

 

Hace una semana volví a Valladolid. Fue emocionante volver a leer mis poemas .Leí textos de mi último poemario. Terminé haciendo una lectura de un fragmento de mi novela sobre el apostolado del poeta, que lo escribí en recuerdo a Neruda. Pero lo que realmente me importaba era saber el paradero de Ximena. Nadie me supo decirme donde estaba. Nunca más la volví a ver. Regresé con acritud a Madrid.

 

A veces recuerdo su intenso aroma como frutas del bosque. Nuestras alocadas conversaciones poéticas que nos hacia danzar sobre la luna. A veces se me aparece amenazadora en mis sueños como una mantis religiosa hembra. A veces pienso que Ximena es la muerte: “Aquella implacable mujer que me sigue por la plaza y esquina de los bares”, diciéndome: “Hasta que no te tenga en mi lecho poeta, no serás totalmente mío”. A veces despierto sudoroso recordando el aliento de esas tijeras sobre mi cuerpo. A veces el paraíso puede ser el infierno.

 

 

 


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